Comentario en Menéame a «El dios de las pequeñas rendijas»

#19   Cuando yo era un niño pequeño iba a clase de catecismo. Allí nos explicaban muchas cosas, y todas en conjunto hasta tenían un sentido, pero no había nada, pero nada de nada, que las ligara con la realidad. Llegué a la conclusión de que todo ese montaje estaba como flotando, sin base niunguna sobre la que sustentarse. Tenia toda la pinta de ser un invento, o en caso de no serlo, de ser indistinguible de un invento. Olvidé el tema durante años.

Pero la educación recibida, basada en la culpa y el remordimiento por saltarse normas absurdas (e injustificadas) pasa su factura. Cuando te han inculcado todo ese veneno de pequeño, cuesta deshacerse de él. Así que ya de adolescente revisé el tema otra vez. Entonces caí en la cuenta de la razón de ser de los «dogmas». Se trata de hacer que se acepte una afirmación absurda, o incluso inconsistente. Así se logra eliminar la capacidad analítica del receptor, que demuestra ser capaz de creerse cualquier insensatez «porque sí». Descubierto el truco, los preceptos inclucados perdieron bastante fuerza.

Más años pasaron sin preocuparme del tema, hasta que por razones de trabajo me topé con el Opus Dei (vaya gentuza), lo que me llevó a una pregunta trascendental: ¿por qué existe gente mala en el mundo? Era evidente que eso tenía relación con la religión, pero ¿Por qué existe la religión?

Mi conclusión: La religión es un negocio, quizás el negocio más inmoral de todos. Consiste en engañar a la gente con historias sobre magia (mayormente la «otra vida»), soltar promesas que tienen siempre la característica difenciadora de que son incomprobables, y a cambio obtener dinero y poder.

Así pues, todo ese montaje que me enseñaron en el catecismo tenía una razón de ser, y un enlace claro con el mundo real, después de todo.

Es un negocio.

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